Cuando la fe intenta explicar nuestras vidas.
Por Xchell Uzumazint
Leí recientemente un poema escrito por una mujer profundamente religiosa que reflexiona sobre identidad, género y existencia desde una mirada espiritual. Mientras avanzaba en la lectura me encontré con algo que he visto repetirse una y otra vez durante más de quince años de trabajo comunitario con personas trans, familias y sobrevivientes de violencia: la necesidad constante de explicar nuestra existencia.
Es curioso.
A las personas cisgénero rara vez se les exige justificar quiénes son. Nadie les pide tratados filosóficos sobre por qué son hombres o mujeres. Nadie cuestiona diariamente la legitimidad de su experiencia humana.
Pero cuando hablamos de personas trans, de género expansivo o no binarias, de pronto aparecen teologías, doctrinas, teorías morales, debates biológicos y largas reflexiones metafísicas.
Como si nuestra existencia fuera un problema por resolver.
Como si fuéramos un examen permanente para la sociedad.
Como si hubiera algo que explicar.
Y ahí es donde me detengo.
Porque después de acompañar a miles de personas trans en procesos de crisis, expulsión familiar, intento suicida, violencia escolar, desempleo, desplazamiento forzado y pobreza extrema, he llegado a una conclusión incómoda:
El problema nunca ha sido la existencia de las personas trans.
El problema ha sido la incapacidad de ciertas estructuras para convivir con la diversidad humana.
Muchas tradiciones religiosas, particularmente las heredadas de los sistemas patriarcales abrahámicos, construyeron modelos rígidos sobre el cuerpo, la sexualidad, la familia y el género. Durante siglos esos modelos fueron presentados como verdades universales.
Sin embargo, la historia cuenta otra cosa.
Los pueblos de Abya Yala conocimos múltiples formas de existencia antes de la colonización. Existimos personas que ocupamos espacios sociales distintos a los impuestos posteriormente por Europa. Existimos otras maneras de comprender el parentesco, el cuidado, la espiritualidad y las cuerpas.
Lo que hoy muchas personas consideran "natural" es, en realidad, profundamente histórico una construcción social.
Y profundamente político, como todo lo personal.
Por eso me preocupa cuando la discusión sobre las personas trans sigue planteándose desde la pregunta equivocada.
No deberíamos preguntarnos si las personas trans existimos.
Existimos.
No deberíamos preguntarnos si merecemos derechos.
Los derechos humanos no son una recompensa.
La pregunta urgente es otra:
¿Por qué seguimos construyendo sociedades donde una persona puede perder a su familia, su empleo, su vivienda o incluso su vida por ser quien es?
Esa es la conversación que necesitamos tener.
No una conversación sobre si merecemos existir.
Sino una conversación sobre por qué todavía hay quienes creen tener autoridad para decidir quién merece hacerlo.
Las personas trans no necesitamos ser explicadas.
Necesitamos vivir.
Y vivir con dignidad.
La invitación queda abierta.
¿La fe puede convivir con la diversidad?
¿Las religiones están dispuestas a cuestionar sus propias estructuras coloniales?
¿O seguirán exigiendo que las personas trans justifiquemos nuestra existencia una y otra vez?
El poema "El color negro" by Anelisse Diaz Cervantes, se encuentra disponible online.
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